Mess is More (2013)

MESS IS MORE
Fernando Moure. Junio, 2014

El impulso que ha producido en el artista el viaje y la experiencia de la distancia de Paraguay ofrecen líneas de trabajo que aquí desarrollaremos a la manera de una trilogía, y que fueron encaradas en los últimos años, entre París y Barcelona. El presente texto no muestra cada uno de los movimientos de la creación de Sebastián Boesmi, entendidos como estilos u horizontes temáticos, sino más bien pretende reconocer los elementos dominantes de su trabajo reciente.

Producción también vinculada a su trabajo anterior de Asunción, aunque puede advertirse que su creación última es una de mayor expansión y libertad gestual, más automática y generadora de nuevas imágenes y conceptos. Hay coincidencias, también, en la mezcla de anteriores y nuevos períodos, pero es la inserción de un mayor informalismo, de una factura radical y energética, así como la composición de campos más orgánicos de color, la principal novedad a observar en este lapso de tiempo.

Las razones por las que se plantea el trabajo de los últimos años deben ser argumentadas aquí y ahora. El intercambio de partes del sistema icónico de Boesmi se alterna y testifica tres momentos expresivos. El artista dispone como una tela de araña un universo entre surrealista, escatológico y humorístico, asentado en un imaginario popular, con estética propia y alta capacidad de comunicación. Desde este mismo marco expositivo, se trata de visibilizar los gestos y emociones que llevaron a Sebastián Boesmi a desarrollar el capital estético que posee en este momento.

1. Concentración

La iconografía que marca el imaginario tradicional o primigenio de Boesmi se muestra aquí en detalle: los dibujos se hacen con pluma, marcador o bolígrafo; en línea continua, sin interrupción o acento. Estas ilustraciones llevan como emblema la formalización ya sea de personas, de pájaros; o de un avión, perros, vacas o mosquitos, entre otras formas reconocibles. La aglomeración y el completismo en la composición como modos característicos provocan una reacción bizarra, revelando una sensibilidad que valora lo insólito, lo anómalo o lo excepcional.

Las escenas van de un espíritu celebrativo y barroco a otro más espectral y esquemático. El lugar humano no está en duda, pues hay multitudes o seres solitarios cuyo origen refleja la reflexión humanista del artista en su acto creativo.

La esquematización y la densidad lineal sugieren una idea de alienación, de desvío lejano del mundo. A Boesmi pareciera atraerlo la posibilidad de construir una alternativa fantástica, fundando un lugar paralelo gracias a la elaboración y la repetición.

El tema de los sitios urbanos, de la calle, sería consecuente con ejecutar, dar cuenta del sitio que habita la multitud o el individuo, desde fondos garabateados con escrituras delirantes, o en escenas donde cabe el grafitti. Los colores oscuros o brillantes y los patrones lineales funcionan como una pantalla que Boesmi arranca de un magma de significados frescamente populares: podrían ser alusivos a concentraciones en el espacio público, quizás marchas o manifestaciones, o la muchedumbre un sábado a la noche en un bar.

2. Línea esencial

Tal vez sea una pieza monocroma la que ofrezca el cambio más drástico en el altamente expresivo y cromático hacer de Boesmi. La escala es más grande, y de hecho, se siente una obsesión por la pulcritud y la precisión en conseguir una factura esencial. Casi en un giro minimalista pero no dejando de ser barroco, el artista comenzó esta serie despojada de color y referencias formales, abrazando la abstracción y su gusto por lo amorfo, durante su larga estancia en Berlín en el invierno de 2013.

Elaborado en tinta negra, este gran paisaje alude formalmente a ornamentos, a jardines, a raíces y follajes que evocan exprimidas divagaciones mentales. Al observar esta gestualidad abigarrada se podría entender que el artista ha decidido adoptar una renuncia a su gesto individual y personal, pero consiguiendo a cambio un descubrimiento visivo con el que hace brotar del lienzo ilusiones detalladas o totales.

El resultado es un revoltijo de sinuoso y elegante linealismo, y otras veces denso en los enjambres y cruces, con áreas adyacentes y sintetistas. La densidad de las rayas y su juego direccional producen una especie de paradoja: la composición es abundante pero congelada.

Resuelto en un políptico de gran formato, el monocromo es nítido y rotundo, con cierta divagación por las formas escatológicas, fluidos y pelos. Provocando una mirada dirigida al detalle, este mapa expandido, esta cartografía de la inmensidad, también proyectaría una visión total, como un archipiélago o un rompecabezas. Pero también fuerza al límite de nuestra visión redoblando la ilusión: la anamorfosis del conjunto visto desde cierta distancia lo asemeja a un macro-paisaje, y nos hace verlo como si fueran las cimas de una montaña nevada o brumosa.

3. Gestualidad

La elaboración formal de un grupo de pinturas articula una estrategia de retirada, de renuncia a la figuración, de ausencia aparente de la humanidad o de las cosas del mundo que pueblan otros momentos y espacios expresivos de Boesmi, pero que sin embargo aún subyacen penetrándola, perforándola. Como un fresco de la memoria de la calle, de muros, con sus heridas y cicatrices.

En estas imágenes, el centro de la composición está en todas partes a la vez; todo es el centro, con superficies cruzadas de color, organizadas en una dimensión más fantasmagórica y vaporosa. Si decíamos que el color de Boesmi es deudor de la vida urbana, de uno encontrado a pie de la calle, podemos reconocer otro de naturaleza vegetal y mineral. El blanco, el azul, el rojo se degradan en morados, rosas y violetas, hacia la carne.

La composición está ocupada por parches de color, ya sean mórbidos, lechosos o sólidamente planos, manchas sobreimpresas formando palimpsestos, en los que campea una abstracción de tono lírico. Este ocultamiento se asemeja más a una emboscada destinada a asaltar la mirada, sugiriendo la pared de la ciudad o de una caverna, donde caben caligrafías alucinatorias, el hollín, el sudor...

Como final a las observaciones a esta obra, cabe advertir la posibilidad de que Boesmi busque equilibrar lo cotidiano, lo popular y lo fantástico, para ofrecernos imágenes cuya plenitud sensorial consigan hacernos entrar a un lugar fascinante e incógnito. Como un pozo profundo lleno de una sensibilidad y atracción por la oscuridad y la luz, respirando y labrando un territorio propio, cuyas coordenadas son también las del mundo.

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