PRóxima exposición: oxigeno Feria internacional de Arte, del 23 al 25 de octubre en Asunción Paraguay

Mess is More (2013)

MESS IS MORE
Fernando Moure. Junio, 2014

El impulso que ha producido en el artista el viaje y la experiencia de la distancia de Paraguay ofrecen líneas de trabajo que aquí desarrollaremos a la manera de una trilogía, y que fueron encaradas en los últimos años, entre París y Barcelona. El presente texto no muestra cada uno de los movimientos de la creación de Sebastián Boesmi, entendidos como estilos u horizontes temáticos, sino más bien pretende reconocer los elementos dominantes de su trabajo reciente.

Producción también vinculada a su trabajo anterior de Asunción, aunque puede advertirse que su creación última es una de mayor expansión y libertad gestual, más automática y generadora de nuevas imágenes y conceptos. Hay coincidencias, también, en la mezcla de anteriores y nuevos períodos, pero es la inserción de un mayor informalismo, de una factura radical y energética, así como la composición de campos más orgánicos de color, la principal novedad a observar en este lapso de tiempo.

Las razones por las que se plantea el trabajo de los últimos años deben ser argumentadas aquí y ahora. El intercambio de partes del sistema icónico de Boesmi se alterna y testifica tres momentos expresivos. El artista dispone como una tela de araña un universo entre surrealista, escatológico y humorístico, asentado en un imaginario popular, con estética propia y alta capacidad de comunicación. Desde este mismo marco expositivo, se trata de visibilizar los gestos y emociones que llevaron a Sebastián Boesmi a desarrollar el capital estético que posee en este momento.

1. Concentración

La iconografía que marca el imaginario tradicional o primigenio de Boesmi se muestra aquí en detalle: los dibujos se hacen con pluma, marcador o bolígrafo; en línea continua, sin interrupción o acento. Estas ilustraciones llevan como emblema la formalización ya sea de personas, de pájaros; o de un avión, perros, vacas o mosquitos, entre otras formas reconocibles. La aglomeración y el completismo en la composición como modos característicos provocan una reacción bizarra, revelando una sensibilidad que valora lo insólito, lo anómalo o lo excepcional.

Las escenas van de un espíritu celebrativo y barroco a otro más espectral y esquemático. El lugar humano no está en duda, pues hay multitudes o seres solitarios cuyo origen refleja la reflexión humanista del artista en su acto creativo.

La esquematización y la densidad lineal sugieren una idea de alienación, de desvío lejano del mundo. A Boesmi pareciera atraerlo la posibilidad de construir una alternativa fantástica, fundando un lugar paralelo gracias a la elaboración y la repetición.

El tema de los sitios urbanos, de la calle, sería consecuente con ejecutar, dar cuenta del sitio que habita la multitud o el individuo, desde fondos garabateados con escrituras delirantes, o en escenas donde cabe el grafitti. Los colores oscuros o brillantes y los patrones lineales funcionan como una pantalla que Boesmi arranca de un magma de significados frescamente populares: podrían ser alusivos a concentraciones en el espacio público, quizás marchas o manifestaciones, o la muchedumbre un sábado a la noche en un bar.

2. Línea esencial

Tal vez sea una pieza monocroma la que ofrezca el cambio más drástico en el altamente expresivo y cromático hacer de Boesmi. La escala es más grande, y de hecho, se siente una obsesión por la pulcritud y la precisión en conseguir una factura esencial. Casi en un giro minimalista pero no dejando de ser barroco, el artista comenzó esta serie despojada de color y referencias formales, abrazando la abstracción y su gusto por lo amorfo, durante su larga estancia en Berlín en el invierno de 2013.

Elaborado en tinta negra, este gran paisaje alude formalmente a ornamentos, a jardines, a raíces y follajes que evocan exprimidas divagaciones mentales. Al observar esta gestualidad abigarrada se podría entender que el artista ha decidido adoptar una renuncia a su gesto individual y personal, pero consiguiendo a cambio un descubrimiento visivo con el que hace brotar del lienzo ilusiones detalladas o totales.

El resultado es un revoltijo de sinuoso y elegante linealismo, y otras veces denso en los enjambres y cruces, con áreas adyacentes y sintetistas. La densidad de las rayas y su juego direccional producen una especie de paradoja: la composición es abundante pero congelada.

Resuelto en un políptico de gran formato, el monocromo es nítido y rotundo, con cierta divagación por las formas escatológicas, fluidos y pelos. Provocando una mirada dirigida al detalle, este mapa expandido, esta cartografía de la inmensidad, también proyectaría una visión total, como un archipiélago o un rompecabezas. Pero también fuerza al límite de nuestra visión redoblando la ilusión: la anamorfosis del conjunto visto desde cierta distancia lo asemeja a un macro-paisaje, y nos hace verlo como si fueran las cimas de una montaña nevada o brumosa.

3. Gestualidad

La elaboración formal de un grupo de pinturas articula una estrategia de retirada, de renuncia a la figuración, de ausencia aparente de la humanidad o de las cosas del mundo que pueblan otros momentos y espacios expresivos de Boesmi, pero que sin embargo aún subyacen penetrándola, perforándola. Como un fresco de la memoria de la calle, de muros, con sus heridas y cicatrices.

En estas imágenes, el centro de la composición está en todas partes a la vez; todo es el centro, con superficies cruzadas de color, organizadas en una dimensión más fantasmagórica y vaporosa. Si decíamos que el color de Boesmi es deudor de la vida urbana, de uno encontrado a pie de la calle, podemos reconocer otro de naturaleza vegetal y mineral. El blanco, el azul, el rojo se degradan en morados, rosas y violetas, hacia la carne.

La composición está ocupada por parches de color, ya sean mórbidos, lechosos o sólidamente planos, manchas sobreimpresas formando palimpsestos, en los que campea una abstracción de tono lírico. Este ocultamiento se asemeja más a una emboscada destinada a asaltar la mirada, sugiriendo la pared de la ciudad o de una caverna, donde caben caligrafías alucinatorias, el hollín, el sudor...

Como final a las observaciones a esta obra, cabe advertir la posibilidad de que Boesmi busque equilibrar lo cotidiano, lo popular y lo fantástico, para ofrecernos imágenes cuya plenitud sensorial consigan hacernos entrar a un lugar fascinante e incógnito. Como un pozo profundo lleno de una sensibilidad y atracción por la oscuridad y la luz, respirando y labrando un territorio propio, cuyas coordenadas son también las del mundo.

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